Por Mariano Grondona
Al amparo de esta fe en la mano invisible del mercado, Europa, los Estados Unidos y la propia Argentina crecieron extraordinariamente hasta que la crisis mundial de los años treinta los paró en seco. Esta vez le correspondió a un inglés, John Maynard Keynes, advertir que en determinadas situaciones, aun cuando los individuos actúen de una manera racional, pueden producir entre todos, involuntariamente, una catástrofe. Es decir que la "mano invisible" de Smith, en lugar de ser beneficiosa, puede resultar en ocasiones extremadamente perjudicial.
Demos un ejemplo. En medio de una gran crisis como la que hoy angustia al mundo, ¿qué otra conducta podría ser más racional desde el punto de vista individual que bajar el gasto y aumentar el ahorro? Ahora veo que una serie de economistas bien intencionados nos están aconsejando precisamente esto a través de los medios. ¿Pero qué pasaría si todos siguieran su consejo? Que, como lo verificó Keynes en los años treinta, darían inicio a una monumental recesión en cuyas aguas se ahogarían hasta sus propios consejeros.
La historia muestra, pues, que no hay una sino dos manos invisibles. En tiempos que consideraríamos normales, cuenta la mano invisible que describió Smith. Pero en tiempos de crisis cuenta la otra mano, la mano de Keynes. Por eso en estos días predomina en vez del mercado el Estado, que está gastando ingentes recursos para prevenir la recesión.
Keynes suponía que, pasada la crisis, el Estado cedería otra vez su lugar al mercado. Quizá no previó que, una vez que se enciende su gusto por el poder, el Estado no se retira fácilmente de la escena y da lugar, en vez de la recesión, a la inflación. Es que tanto el mercado como el Estado son, después de todo, humanos y, como tales, imperfectos, siendo nuestro destino oscilar del liberalismo al estatismo y viceversa, según pasan los años.
Diafrio La Nación















